El Mur de Planck

 

2013 Poesia 3i4

9788416789160.jpg

Fragments

TODO

 

Pròlegs i comentaris

CRITICA DE ANNA ROSSELL

BIBLIOTHECA GRAMMATICA/Poesía/ Revista Ágora

UNA TEORÍA POÉTICA DE LA EXISTENCIA

 

El mur de Planck
Premio Octubre de Poesía
Poesia 3 i 4, Valencia, 2013, 48 págs.

 

Dividido en tres partes -Fin de trayecto[1], de quince poemas más uno introductorio, no numerado; Estación de salida, de catorce, e In itinere, de tres-, Josep Anton Soldevila (Barcelona, 1949) compone un compendio de filosofía, a partir de una profunda mirada introspectiva.

Como dan a entender los intertítulos, se trata de un viaje metafórico, que hace el sujeto poético -el camino de la vida- desde que forma parte del universo como ser vivo y de la misma reflexión que sobre la vida emprende la voz poética en el poemario.

Haciéndose eco de El caminant i el mur (El caminante y el muro), de Salvador Espriu, Soldevila emprende una meditación que es, como escribía aquél, el viaje del "poeta, huésped inexperto de la vida, siempre en exilio a lo largo del tiempo difunto". Porque una de las constantes de la poesía de Soldevila es el exilio, el éxodo, la frontera, el poeta es un viandante por tierra inhóspita, yerma, un caminante, el horizonte es un no- horizonte -el muro-, aquél que para el poeta de la Pell de brau (La piel de toro) era la muerte y la incomunicación. De modo similar a Espriu, Soldevila, que además quiere añadir con el título de El muro de Planck una connotación científica a su escritura, toma el muro como metáfora del final de la existencia o como una imposibilidad de ir más allá, inherente a la vida misma, lo que la conforma de manera dialéctica.

El poemario es la culminación de una trilogía compuesta por El libro de los adioses (La Busca), Desde el desierto (In-VERSO) y El muro de Planck (3i4), un itinerario reflexivo hacia el interior, que el poeta aborda a partir de una dolorosa y traumática experiencia. El resultado es una visión ácida, poco esperanzadora de la existencia humana.

El primer poema de El muro de Planck , de carácter introductorio, en el que la voz poética parece debatir con Dios sobre la creación del Universo, nos da la pauta de lo que nos espera: " Dices / que en el principio era el silencio. / y yo, / que en el principio, / a este lado del muro, / las horas sueñan que el tiempo retrocede / y se sienta a esperarte. / / [...] // en los ojos abismados hacia al inicio / las carreteras son selvas domadas, / cebos que guían al Paraíso. // Pasé por allí una vez, / camino de Barcelona". El muro separa a Dios de su supuesta criatura, que da cuenta de que el Paraíso es un cebo y que ella misma no es sino un "parpadeo de luz", una existencia efímera, una más del universo. Esta tónica de negación metafísica y de desesperanza domina el poemario -y el periplo del caminante-, que sólo se rompe escasas veces por el espejismo de una felicidad efímera no desprovista de dolor: "No hay llanto ni espina / que no cante la frágil belleza / del instante feliz" (9).

Se desprende del poemario una concepción mecanicista de la existencia, que se refleja en el estilo analítico, a menudo de aseverativa contundencia de los poemas, que juega con las teorías físicas del relativismo determinista y la cuántica aleatoria de lo que la física teórica conoce con el nombre de Muro de Planck. El trasfondo filosófico sobre el condicionamiento determinista o la probabilidad inexplicable de la actuación humana acompaña constantemente el pensamiento del sujeto poético, que se ve a sí mismo, a veces con la distancia del humor, como un producto equivocado de la robótica: Vine al mundo con tres giroscopios / de serie. / Uno en la cabeza, el otro en el corazón y el otro en el sexo. / [...] //. Era evidente que habría / problemas de coordinación" (6).

Esta idea del ser humano como producto errado de la creación se ve reforzada a menudo a lo largo del itinerario poético; haciendo un símil entre la (suprema) fuerza creadora y un magistrado de la justicia leemos: Un juez borracho me condenó:/ A sentir y no saber. / A saber y no sentir " (17).


Como cualquier otro ser de la creación, el humano parece moverse por mecanismos automáticos: Los árboles dicen que sí / a preguntas que nunca les harán. // Es el viento; [...]. // También yo he dicho que sí / en la refriega de la tormenta, / y no sabía / cuál era la pregunta" (1). La criatura humana responde maquinalmente a los estímulos, la libertad es una quimera: Sé [...] / Que me moveré hacia la chispa / aún ignorando si es de estrella o de fósforo" (6). El funcionamiento del alma y de las emociones son equiparados al de la micromateria: "Como la vibración de los átomos / se hace materia, / el movimiento del alma / se convierte en sentimientos / y  acciones en el hombre" (3). O bien: “Soy una arruga del tiempo, / el capricho de un átomo", pero, salvaguardando con humor la propia dignidad, el poeta concluye: "Pero sin mí no hay Universo" (14).

Sobre la base de esta convicción no hay esperanza, o, si la hay, está oculta: “No hay horizonte, sólo pared / urdida por el invierno. [...] // Pareceríamos condenados [...] // A caer en el engaño / de esta profunda nieve / que oculta las flores" (7). La voz poética se ve a sí misma como el camino, pero un camino accidental, un episodio: "Soy una desviación / de la carretera, / un camino secundario" (15). El sujeto poético es un eterno exiliado, está fuera de lugar -"Y yo, que ocupo un lugar que nunca será mío, [...]"- (25), es un Sísifo condenado a un peregrinaje absurdo: "[ . ..] camino / por las horas que me quedan / sin llegar nunca. // Soy mi propia distancia" (20).

El yo poético se siente arrojado al mundo, desubicado, sin claves para entender la vida, cuando escribe con ironía: "Adiviné la vida / en la mirada negra de los años, [...] // fotografié  / los planos, robé / los documentos. // los descifraré / una de estas eternidades" (18). Vive en un estado de angustia existencial constante por la amenaza de los peligros que no comprende, y la tensión que le provoca el deseo de claridad y orientación es el único sentido: "Muero entre los dientes del tiempo; / apenas nacido el sentimiento / ya he de defenderlo del marfil. // [...] Trato de hacerle reír, / porque mientras río no me hace añicos / y puedo ver más allá de la oscuridad. // [...] // Llegar no con el pensamiento sino con los dedos:/ he aquí el motivo de esta ardiente prórroga" (26). Como único dato orientativo, aprendizaje de la experiencia dolorosa, se manifiesta la propia fragilidad y la seguridad de la aspereza y el sufrimiento de la travesía, de la que el sujeto poético adquiere conciencia en el ecuador de su itinerario vital: "A medio camino supe / que íbamos a la guerra. / Yo llevaba espada de algodón / y flechas de arcilla. // [...]" (11) .

Si bien la mayoría de los poemas son autoreflexivos, exclusivamente introspectivos, ocasionalmente la voz invoca un "tú", aquel otro, compañero de itinerario, que da algún sentido: el deseo de conocimiento del otro como aspiración: "[…] / Desenterrar el alma que te nombra, / eso únicamente. [...]" (27), o bien: “[...]. / Sucio de pasado, / me gusta / que otros, empapados como yo, / se sienten cerca de mí" (30).

La palabra, como metonimia para referirse al lenguaje, a la comunicación, es uno de los puntales de reflexión para el poeta, un eje en torno al cual algo podría cobrar significado: "¿En qué creemos?, decías. / En la vida y en el juego, / en la palabra y la verdad. / [...]" (22), y a pesar del escepticismo de la voz poética, que pone en duda su utilidad como herramienta de comunicación: " Quizás al después de todo, / no eres la palabra que digo, [...]" (12), claramente se presenta como la tabla de salvación del yo poético, que cierra el poemario así: [...], naufrago dentro de mí / si no fuera por las letras / que conmigo sobrenadan. // [...], sé que nada me salvará de la tormenta; / llueve dentro del cráneo y no tengo paraguas” (32).

Además de la mencionada trilogía, Josep Anton Soldevila, escritor bilingüe, ha publicado también los poemarios La Frontera de Cristal (1977), Les paraules que no has après a dir (Las palabras que no has aprendido a pronunciar ) (1985), Un vast naufragi de somnis (Un vasto naufragio de sueños) (1989), Cendres blanques (Cenizas blancas) (1991), Últim refugi (Último refugio) (2002), la antología Poesia Recollida 1985-2000 (Compendio de Poesía 1985-2000), la novela El Nudo (2001) y el libro de cuentos No serà tan fàcil (No será tan fácil) (2009).  

El muro de Planck ha sido merecedor este año del Premio Octubre de Poesía .

PER EDUARD SANAHUJA YLL

En ocasió de la presentació del llibre a la Llibreria Laie

15 de maig de 2013

Josep Anton Sodevila i jo hem coincidit en molts actes de poesia i, fins i tot algun cop hem recitat plegats. Recordo ara una lectura que vam fer dins el cicle Poesia a la Platja, a “El útimo Chiringuito”, al barri d’Ocata del Masnou, organitzat per la poeta Anna Rossell i on, també, hi va intervenir l’altre presentador d’avui, Carles Duarte. Tant el coneixement que tinc de la seva persona com de la seva obra és prou superficial. Val a dir, però, que en aquesta escassa relació ha surat sempre una notable complicitat, una mena de sintonia mútua, fonamentada, entre altres coses, en un sentit de l’humor, que de vegades ratlla el non sense, que compartim. Per raons que ara no toca explicar, hem fet d’aquest “apropament distant” un dels senyals d’identitat de la nostra relació, que hem volgut mantenir intacte perquè era la condició necessària perquè jo pogués presentar-li el proper llibre que publiqués. Així m’ho va anunciar fa uns mesos i per això sóc ara aquí, en aquest acte, al costat de Carles Duarte, l’altre presentador, que acaba de demostrar que ell sí que sap qui és i què escriu en Josep Anton.

 

Presentar un llibre d’un escriptor a qui es coneix poc és arriscat per al presentador: li falten moltes claus que el podrien ajudar a articular un discurs convincent i argumentat. Com que jo no disposo d’aquestes claus, d’aquest recursos, l’únic que puc fer és lliurar-vos la meva lectura de El mur de Planck, una lectura gairebé virginal, sense prejudicis, sense idees preconcebudes. Partint del principi que tota lectura és un sistema d’aportacions que el lector, a partir de la seva experiència literària i vital prèvia, efectua sobre el text que està interpretant, us oferiré allò que aquest llibre m’ha desvetllat. Potser serà una lectura esbiaixada, potser erraré, i hi ha moltes probabilitats que això passi, perquè el “Mur de Planck” no és un llibre senzill. Però, com deia la meva mare, “qui no arrisca, no pisca”, de manera que em capbusso a la piscina demanant perdó a tothom, i en especial al Josep Anton, per si el meus esquitxos provoquen un mullader delirant.

 

Faré, d’entrada, una declaració de principis: la lectura de El mur de Planck em sembla molt recomanable. Us insto a fer-la, perquè és un llibre fèrtil, ple de matisos altament suggeridors i que, sovint, ens regala uns versos de gran bellesa. Aquesta obra em sembla una digníssima guanyadora d’un premi de prestigi com és el Vicent Andrés Estellés. Ho dic convençut. Jo no sóc de tirar floretes fàcilment. De vegades, he hagut de presentar llibres per compromís, i he patit perquè no es notés que l’obra en qüestió no sintonitzava gaire amb els meus gustos literaris (que és una manera fina de dir que no m’agradava gaire). Aquesta vegada, us ho asseguro, tinc la consciència ben tranquil·la.

 

Entrem, doncs, en matèria, començant pel títol, El mur de Planck, que ens du al terreny de la física, particularment de la física quàntica. Diuen que la nostra comprensió de l’univers és paradoxal. Encara més paradoxal és que un home de lletres com jo es posi ara a dissertar sobre física quàntica, però em sembla inevitable, perquè si l’autor ha triat aquest títol ha de ser per alguna raó important, de forma que una lectura que no el tingui en compte ha de ser necessàriament superficial. Com a justificació d’aquest intent agosarat d’entomar amb la física teòrica, us he de confessar que, tot i que no en tinc ni idea del tema, sempre he estat sensible al discurs de l’astrofísica, gràcies a un amic d’escola i de la vida, l’Eduard Salvador Solé, actual catedràtic d’Astrofísica de la Universitat de Barcelona. En Salvador és un teòric extremadament didàctic, tant que, quan et parla de l’origen de l’univers, del Big Bang, dels cúmuls de galàxies, de la matèria fosca, dels forats negres o del que sigui, acabes tenint la il·lusió que ho has entès tot, malgrat que al cap d’una estona tornis a comprovar que el misteri continua prou vigent. L’important per a aquest cas és que estic una mica avesat a la bellesa del discurs de la física cosmològica, un discurs que, una altra paradoxa, es troba a tocar del de la poesia metafísica.

 

En la física actual conviuen dos marcs teòrics que poden descriure matemàticament l’univers. Un és el de la Teoria de la Relativitat, que estén i unifica totes les teories físiques clàssiques, especialment la mecànica i l’electromagnetisme, i que dóna raó de tot el que funciona a nivell macrocòsmic. La Relativitat aconsegueix expandir al límit màxim un concepte fonamental de la física clàssica: el determinisme. Així, en un univers en contínua expansió, on res no s’està quiet, on l’espai i el temps són relatius al punt de vista de l’observador, no hi ha cap altra referència única que allò que es mou i es comporta igual per a tots: la velocitat de la llum en el buit. Ara bé, aquesta teoria tan magnífica és insuficient a nivell microcòsmic, en la física de les partícules.

 

En aquest punt cal recórrer a la Teoria Quàntica, fundada pel físic alemany Max Karl Ernest Ludwig Planck (1858-1947), guardonat amb el Premi Nobel de Física el 1918. En veure els diferents valors de les principals constants de l’Univers (la velocitat de la llum, la càrrega de l’electró i una tercera constant que el mateix Planck va definir), decideix unificar-les totes en un valor 1, el que a la pràctica equival a eliminarles de les fórmules. Així les coses, el que apareix és el Principi d’Incertesa, absolutament oposat al determinisme de la física macroscòpica, però fonamental per explicar el microcosmos. Les dues teories són certes, però d’alguna manera oposades entre si. Posem-ne un exemple. En la física macroscòpica, si llancem un préssec a l’univers (i es donen determinades condicions que ara no detallarem), el préssec es dirigirà cap a un cos que l’atregui (és bonic això!), acumularà energia cinètica durant el trajecte i l’alliberarà en topar amb un altre cos (això també és bonic!). En canvi, en el món microcòsmic, si alliberem un electró, només tenim regles aleatòries: l’electró podrà, o no, interactuar amb un àtom proper; podrà, o no, obtenir o perdre energia si ho fa; i podrà, o no, absorbir o alliberar energia de l’àtom si hi interactua. No sabem exactament què determina aquests fenòmens, només hi ha marges de probabilitat. I aquí entra en joc el mur de Planck, que és el límit inferior, tant en l’espai com en el temps, perquè alguna cosa pugui esdevenir. Panck en va establir els valors. D’una banda del mur, del límit, tenim allò que pot ser; de l’altra, l’ignot, l’impensable. En aquest sentit el mur de Plank es comporta com la metàfora clàssica de la mort: un espai que si volem experimentar ens obliga a abandonar l’única evidència que tenim, diguem-li univers o diguem-li vida.

 

A banda de la física, paga la pena de parlar d’altres referents literaris que s’articulen al voltant del mur, que són moltíssims. Jo en trio dos: el poemari El caminant i el mur, d’Espriu, i el poema “Murs”, de Kavafis. En El caminant i el mur, com en el llibre de Soldevila, tenim un cop més una metàfora del viatge, que a mi m’agrada dir que és la més antiga de la literatura. En paraules de Rosa Delor, en el llibre d’Espriu, “vinculat a la metafísica bíblica de l’Èxode, el caminant és el subjecte d’un viatge en sentit espiritual que emprèn el «poeta, hoste inexpert de la vida, sempre en exili al llarg del temps difunt» com diu Espriu en un dels seus pròlegs. Un viatge que haurà de topar amb un mur que és barrera i terme del camí on acaba el curs de l’existència humana, límit de la vida darrere el qual s’amaga el misteri de la mort. Símbol polivalent, en el sentit material de construcció, el mur resta com a testimoni de la pèrdua d’un món concret i lliure que el poeta mira de salvar amb el seus versos, anàleg en sentit metafísic al mur del temple caigut de Jerusalem. Però en tant que aquesta construcció és la vida moral del mateix poeta, s’alça com a símbol d’incomunicabilitat”. Per a mi, en el llibre d’Espriu viatger i mur acaben identificant-se, perquè el mur es basteix a l’interior del mateix viatger:

Però no vols endevinar mai als meus ulls

qui sóc jo, com sóc jo, i ara m'omples

de buida, densa, sorollosa

argila de paraules,

fins a fer-ne un insalvable mur,

aquest curt pas

que ja del tot em separa

de tu.

(El caminant i el mur, fragment final de “Amb música ho escoltaries potser millor”)

 

En el poema de Kavafis , el mur és una construcció exterior que algú ha anat alçant sigil·losament, sense que el subjecte se n’adoni:

Sense cap mirament, sense dolor, sense respecte,

m’han bastit a l’entorn grans i altes muralles.

 

I m’estic ara aquí i em desespero.

No penso en res més: aquesta sort em devora el pensament,

 

Perquè tenia tantes coses per fer, allà a fora.

Ah, quan construïen els murs, com no vaig fer-hi atenció!

 

Però mai no vaig sentir la remor o la veu dels qui els bastien;

sense jo adonar-me’n em van tancar lluny del món.

 

(Traducció d’Alexis Eudald Solà. Curial, 1975)

El mur de Soldevila, ni te’l construeixes, ni te’l construeixen. És axiomàtic.

 

Vist el marc conceptual en què segons el meu parer s’insereix el llibre, podem ara parlar de la seva estructura, que tampoc no és aliena a la concepció que actualment tenim de l’univers. El llibre està dividit en tres parts. La primera, titulada Fi de trajecte, està constituïda per una mena de poema pròleg sense numerar i quinze poemes numerats; la segona, Estació de sortida, per catorze; la tercera, In itinere, per tres. Són trenta tres poemes en total, un número no gens casual, l’edat de Crist, un final de vida (aprofito per dir que els meus tres primers llibres publicats tenien, cada un, trenta tres poemes). Aquesta distribució també em sembla coherent amb la visió actual de l’univers. En la vida ordinària, quan fem un viatge, el principi és allò més immediat, i el final sempre es troba més enllà, “més lluny” . L’univers funciona a l’inrevés; el principi, el Big Bang inicial, que encara és visible en allò que s’anomena “radiació de fons”, és al final, en la màxima llunyania; el més proper, “el que veiem” més fàcilment, és el darrer estadi de l’univers. Crec que per això el llibre s’enceta amb Fi de trajecte, presentada a la percepció del lector abans que Estació de sortida; In itinere, part molt més breu, són tres poemes que acoten l’estat del viatger en trànsit.

 

En la primera part, ja des del primer poema, ens trobem amb una altra de les paradoxes que estic glossant avui: els conceptes més abstractes, espai, temps, alfa i omega, mur, acaben concretant-se en un context immediat, gairebé casolà: Dius/ que en el principi era el silenci. I jo, que en el principi, / a aquesta banda del mur, / les hores somien que el temps recula / i s’asseu a esperar-te. (...). En els ulls abismats cap a l’inici / les carreteres són selves domades, / esquers que guien al Paradís. / Vaig passar-hi una vegada, / camí de Barcelona.”

 

Aquests contrastos poden mostrar una ironia residual de Soldevila, però en general la ironia és poc present en aquest llibre, potser on més despunta és en el poema 16, el primer de la segona part. El que hi domina és el to tràgic, perquè el personatge, un exiliat del paradís del primer enlluernament, ha emprès un viatge sense retorn, on el més fàcil és errar el rumb, perquè tot és indeterminat, perquè es mou en la tragèdia del no saber, sotmès a unes forces que el superen: tot és incert llevat del no-retorn: “Els arbres diuen que sí / a preguntes que mai no els faran. És el vent (...) / També jo que dit que sí / en el brogit de la tempesta, / i no sabia / quina era la pregunta.” I també, en el poema 6: “Sé (...) Que em mouré cap a l’espurna / ignorant si és d’estel o de llumí”.

 

Els poemes 2 i 3 són també cabdals per entendre les forces que mouen les accions i la corresponent indeterminació:

2

Tot destí ve del desig

i acaba en el mur.

Com capvespre i matinada,

el dia de l’amor és el de la ira

i el dia de la ira el de l’amor,

equivalents,

en seqüències d’oblit i de memòria,

o de memòria i oblit.

Inconstants.

I en el 3: “Tot allò que és intents / té idèntica substància / i porta el mateix cognom: / Passió”.

 

Una altra de les característiques de molts dels poemes és el to dialògic. Sovint el personatge s’adreça a un tu, un tu que ens ha traït (traïció i engany són trets distintius de la fi del trajecte), perquè ens ha abandonat, perquè s’ha difuminat: “I quan escric el teu nom / i traço cada lletra / no hi ha altra cosa / que una dansa en el paper”. Ara bé, aquest ésser fràgil, però únic (quina declaració solipsista en el poema 14!: “Sóc una arruga del temps, / el caprici d’un àtom/ (...) Però sense mi no hi ha Univers), que ha hagut de lluitar en un viatge entès com una guerra (també la guerra pot ser una metàfora de l’amor, de la passió, del desordre, de la màxima entropia, com ja ens ho va ensenyar l’Arcipreste de Hita en una de les seves cantigas de serrana: “Hadeduro / comamos deste pan duro / després faremos la lucha”), ja no pateix:

8

Aquí la ferida no supura,

la veritat és bella

i l’odi dorm a la cambra fosca

amb els monstres infantils.

 

Però la distància no té mida.

La segona part, Estació de sortida, està més centrada en la gènesi del personatge, desorientat, poc dotat per al viatge, condemnat per a una autoritat èbria “A sentir i no saber. / A saber i no sentir”, un personatge que ha d’observar, espiar i desemmascarar el món i a si mateix (“En el tendal dels ulls, / roba íntima / a la mirada del món”), que no té fe (“...a vegades l’agredolça pell / de la memòria s’agita. / Com quan sento el meu nom / i em giro sense fe”), que habita les dents del temps i la traïció (“Cada impostura és una pedra / a la sabata, / cada traïció, una teranyina / (...) No podràs viure sempre / a casa de l’enemic.”), que està amarat per la pluja dels instants, que juga, com si fos un manyoc de claus, amb una petita mort que du a la butxaca, i que en el poema 28 declara:

Es diria que vam errar el nostre alè,

que vaig posar proa cap al cel equivocat,

que busco en el fred la llum que no és.

Veig, però, com et vincles en el mur

i és aquesta existència en el meu temps

la vida que et dono, si tu no en tens.

La darrera part, In itinere, en el camí, només està formada per tres poemes, cada un dels quals s’articula al voltant d’allò que el viatger posseeix per fer més suportable el viatge, allò que el nodreix o consola: la encara pervivent facultat de sentir i pensar, la possibilitat de compartir amb els altres (Brut de passat, / m’agrada / que altres, xops com jo / s’asseguin a prop meu.”) i l’escriptura (“naufragaria dins meu / si no fos per les lletres / que amb mi hi sobreneden.”).

 

El mur de Planck és un llibre rodó, tancat, on no hi sobra ni hi falta res. És un intent reeixit d’inserir un jo, una vida, un trajecte, una línia, en el marc vastíssim de la cosmologia. És una cosmogonia personal. Un ordre dins el caos.

 

Ha arribat el moment d’una altra confessió: us he de confessar, ja no em fa vergonya, que massa sovint m’avorreixo amb la poesia, que n’estic tip de palles mentals d’encefalograma pla, no perquè siguin palles mentals, que això per se no té res de reprovable, sinó per la manca d’imatges memorables, de versos que se’t fiquin al cap i convisquin amb tu per sempre més. Aquesta és la prova del nou d’un poema, que tingui una força verbal que et sacsegi la intel·ligència emocional. Doncs bé, aquesta dimensió estètica també és present en El mur de Planck. Us n’envio una mostra, que servirà per acabar i per fer-vos venir ganes de participar en el festí de la lectura completa:

Les engrunes del banquet

no són la festa.

POESIA: ALBERT TUGUES

Quan plou dins del crani

EL PUNT AVUI, 22 NOVEMBRE 2013

Amb el poe­mari El mur de Planck, guar­do­nat amb el premi Vicent Andrés Estellés de poe­sia en els Pre­mis Octu­bre del 2012, Josep Anton Sol­de­vila clou la tri­lo­gia ini­ci­ada amb Lli­bre dels adéus (2007) i Des del desert (2012).

Aquest nou poe­mari, la pri­mera part del qual es titula Fi de tra­jecte, sig­ni­fica l'arri­bada a l'estació final d'un viatge iniciàtic. Però aquesta estació final no és la que el viat­ger cer­cava, ens adver­teix el poeta. Al davant s'alça el mur que li tanca el camí: “Tot destí ve del desig / i acaba en el mur.” Un mur que barra el pas i porta les parau­les al silenci, a un espai on tot s'esdevé incert i impro­nun­ci­a­ble: “Sé que encara em resta un pas, / que enllà del vidre de l'aigua / des­co­nec si tro­baré mur o abisme.”

El poe­mari man­lleva el con­cepte del mur de Planck, si bé aquí el con­cepte queda alta­ment poe­tit­zat i sor­gei­xen els inter­ro­gants lírics, la paraula poètica apro­pant-se al des­co­ne­gut. Què hi haurà dar­rere, a l'altre cos­tat? El viat­ger està con­tra el mur, soli­tari, inde­ter­mi­nat com el temps, amb un espai tan­cat que l'envolta, que el detura: “No hi ha horitzó, només paret / ordida per l'hivern.” Pot­ser el poeta ha errat el camí, o és ell mateix a l'ensems cami­nant i camí incert, secun­dari?: “Sóc una des­vi­ació / de la car­re­tera, / un camí secun­dari.”

Hi ha una estació de sor­tida?

La segona part del poe­mari es titula Estació de sor­tida. Però hi ha en rea­li­tat una estació de sor­tida? En un dels poe­mes lle­gim que el viat­ger, el sub­jecte poètic d'aquest pele­gri­natge iniciàtic, va venir al món amb tres giros­co­pis: un, al cap, que fixa la des­ti­nació; l'altre al cor, que ens traça el rumb, i un ter­cer, el sexe, que tria els ports. El poema fina­litza amb la iro­nia del des­ga­vell: “Era evi­dent que hi hau­ria / pro­ble­mes de coor­di­nació.”

Podríem resu­mir la poètica d'El mur de Planck, de Sol­de­vila, com un viatge a l'exte­rior i l'inte­rior d'un mateix, on, després de cre­uar el desert, la incer­tesa obs­ta­cu­litza el pele­gri­natge del poeta i un mur s'alça al final del camí. Caldrà reco­mençar, rei­ni­ciar el camí: “Mai no es torna, sem­pre és el pri­mer viatge.” I també ens dirà: “Sóc la meva pròpia distància.” Però ara el poeta tindrà noves estratègies: “Espia emmas­ca­rat, / vaig foto­gra­fiar / els plànols, vaig robar / els docu­ments. // Els des­xi­fraré / una d'aques­tes eter­ni­tats.”

Al final del pele­gri­natge el viat­ger reposa al cos­tat del mur, asse­gut al cos­tat d'altres viat­gers fati­gats per la recerca, i diu, il·lumi­nat: “De cop, res no té dimen­si­ons, / només l'olor de la terra / i la mera­ve­lla / de pen­sar i sen­tir. // Encara.” Fina­litza el poe­mari amb un magnífic vers sur­re­a­lista, tra­gicòmic: “Plou dins el crani i no tinc parai­gua.”

 

EL MUR DE PLANCK

Josep Anton Soldevila

Premi Vicent Andrés Estellés Editorial: Tres i Quatre València, 2013 Pàgines: 50